Acto 2007
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1943 -19 de abril - 2007:
64º aniversario del levantamiento del Ghetto de Varsovia

“HAY OLVIDOS QUE QUEMAN Y MEMORIAS QUE ENGRANDECEN” 

 *   JAIME YAFFÉ    *

Buenas tardes a todos los presentes, en particular a los miembros y directivos de la Asociación Cultural Israelita Dr. Jaime Zhitlovsky, la institución que desde 1950 representa al Movimiento Judío Progresista en Uruguay, a quienes quiero expresar mi sincero agradecimiento por la invitación que me han formulado para compartir con Uds. algunas consideraciones, en ocasión del 64º aniversario de la iniciación del levantamiento armado de resistencia en el ghetto judío de Varsovia, en la noche del 19 de abril de 1943. Pido desde ya disculpas por los errores de pronunciación de algunos nombres de personas, organizaciones, festividades y lugares que mencionaré. Es que no sé idish, ni polaco.

Estamos reunidos para conmemorar un nuevo aniversario de este episodio, a la vez trágico y heroico, de la historia contemporánea. Se trata pues de recordar juntos, es éste un acto colectivo de rememoración, un ejercicio de memoria colectiva. Hablando de la memoria, siempre me ha impresionado la relación que los judíos tienen con el pasado, la cual sin dudas es una seña de su identidad. Como pueblo milenario tiene el privilegio de poder reconocerse en un recorrido que se pierde en el fondo de los tiempos. Pero, es claro que no es, o no es sólo, cuestión de duración. Sospecho que no importa, para esa relación peculiar con el pasado, que su historia como pueblo se remonte a 5000 o a 500 años. Se trata más bien de una forma de reconocerse en el pasado, sea cual sea su extensión.

Permítanme una breve referencia familiar, de mi historia personal. Cuando hablo de la impresión que me causa esta relación de los judíos con el pasado, no puedo evitar remitirme al recuerdo de mi abuela Clara, quien, acercándose a los 80 años y siendo yo un niño en edad escolar, en su precioso idioma ladino -ese español antiguo que los sefaradíes conservaron durante siglos como su propia lengua- me contaba la historia de la expulsión de sus antepasados de Andalucía por orden de los reyes católicos, su posterior establecimiento en Esmirna, desde donde, cuatro siglos después, volverían a emigrar, junto a mi abuelo Jaime hacia tierras americanas.

En aquel momento, no asigné a aquellas conversaciones más transcendencia que la propia de una situación completamente normal, la de una abuela que cuenta historias a su nieto. Años, muchos años, más tarde pude reconocer y reflexionar sobre algo que no deja de asombrarme. La abuela Clara contaba una historia que se remontaba 500 años atrás, pero lo hacía como si se tratase de un hecho contemporáneo. Los reyes católicos estaban ahí. Ella estaba viviendo lo que relataba mientras lo contaba, no se sentía ajena sino protagonista de esa historia. Era su historia, la de su familia, la de su pueblo. Esa intensa relación con el pasado, ha hecho de la memoria un componente fundamental de la identidad de los judíos como pueblo y de su capacidad de sobrevivir a las persecuciones, penurias y desgracias que le acompañaron a través de los siglos. Pero la recordación del pasado no ha sido únicamente un factor constituyente de la identidad y, cuando como sucede con el que recordamos hoy, los hechos rememorados remiten a actos de resistencia, de dignidad y de heroísmo, la memoria también es base constituyente del orgullo.

Identidad y orgullo. Pero la memoria es además la forma de mantener siempre presentes las desgracias y los crímenes ocurridos, como forma primera de prepararse y de luchar para evitar su reiteración. El olvido sólo puede ser aliado de los verdugos y los criminales que justamente, tarde o temprano, luchan para que su manto protector los cubra. Tramposamente, se asocia a veces el olvido con la reconciliación y la paz. Pero no hay paz genuina ni reconciliación sincera, en caso que ella sea deseable, que se base en el olvido. Por el contrario, este se lleva muy bien con el crimen y la impunidad, pero no con la justicia ni con la paz.

Entonces, hacen bien, muy bien ustedes, en reiterar año tras año, esta conmemoración. Seguramente no digo nada que no sepan ya, si expreso que lamentablemente, más allá de los límites de la colectividad judía en Uruguay, no se trata de una conmemoración que esté instalada como debiera en nuestra sociedad. Probablemente la mayor parte de los habitantes de esta ciudad ignoren completamente no sólo la realización de este acto, sino el motivo del mismo.

El levantamiento del ghetto de Varsovia es un hito desgraciado y a la vez heroico en la historia del pueblo judío, pero es a su vez un hito que remite a valores universales en la historia contemporánea de la humanidad. Ningún episodio del Holocausto judío durante la Segunda Guerra Mundial nos es ajeno, porque nada de lo humano no es ajeno. Pero además, en Latinoamérica, no puede sernos ajeno porque, como en la Alemania nazi, en la Italia fascista o en la Rusia estalinista, hemos tenido, nuestra propia experiencia de terrorismo practicado por el Estado en contra de una parte de sus ciudadanos y utilizado como forma de dominio sobre toda la sociedad.

Pienso que, en general, por esa intensa relación con el pasado, de la que hablaba anteriormente, para los judíos, salvo que se desdoblaran éticamente cuando consideran su propia historia y cuando consideran la de las sociedades de las que forman parte, esto es algo muy sencillo de entender y de aceptar. Sin embargo, en este país, como en Argentina, Chile y tantos otros países latinoamericanos que en épocas relativamente recientes fueron asolados por el terrorismo de Estado que practicaron las Fuerzas Armadas, se pretendió hasta hace muy poco tiempo, y se logró, instalar desde el poder la idea de que el olvido y el perdón indiscriminado e incondicionado sobre los crímenes cometidos durante las dictaduras de los años sesenta y setenta eran necesarios para la lograr la reconciliación nacional y asegurar la paz social. Como si aún estuviésemos en alguna clase de guerra que hubiera que remediar y como si, con o sin guerra, el olvido y el perdón irrestricto pudieran ser la base de algo que no sea la prolongación de la injusticia y la impunidad para los criminales, que podrán entonces inspirar confiadamente y a bajo costo a sus futuros emuladores.

Creo que en un ambiente y ante un auditorio como este, podemos acordar con el verso que cantara Alfredo Zitarrosa, en sus “Diez décimas de saludo al pueblo argentino”: “Hay olvidos que queman y memorias que engrandecen”.

La pretensión de algunos intelectuales y políticos revisionistas de olvidar, relativizar o aún negar, la existencia real histórica del Holocausto judío a manos del gobierno alemán y sus colaboradores en tiempos del nazismo, quema. Quema, como debió habernos quemado siempre el horror del terrorismo de Estado practicado en nuestro país por las Fuerzas Armadas y sus colaboradores entre 1973 y 1985, cuya existencia histórica también pretendió negarse o relativizarse hasta hace no mucho tiempo.

La memoria del alzamiento del ghetto de Varsovia en abril de 1943 engrandece, como engrandece la recordación del la huelga general con que la Convención Nacional de Trabajadores enfrentó, sin éxito, el golpe de Estado que el señor Bordaberry (padre) decretó en junio de 1973 y los múltiples actos de resistencia individual y colectiva ocurridos desde entonces.

Esa memoria engrandece, de la misma forma que avergüenza la de los también múltiples actos de colaboración que en la Polonia de 1943 como en otros países europeos ocupados por los alemanes, les ayudaron en la comisión de sus salvajes crímenes y sus macabros planes, como avergüenza la amplia colaboración que aquí recibieron los militares mientras cumplían sus tareas de persecución e implantación del terror.

Claro que más allá de estas analogías esenciales, se trata de situaciones históricas diferentes que registran, además, grados y escalas de terror y salvajismo diferentes. Y, por fidelidad a la historia, esas diferencias deben respetarse.

* * * En la Varsovia de 1943 los ocupantes alemanes estaban a punto de implementar la fase final de su plan de exterminio de los judíos polacos.

Al iniciarse la Segunda Guerra Mundial, cuando en setiembre de 1939, con la complicidad soviética, negada por mucho tiempo pero ahora comprobada, y ante la desesperante pasividad franco-británica que entonces, recién entonces, llegaría a su fin, se produjo la invasión alemana de Polonia, vivían en ese país aproximadamente 3:300.000 judíos. Su capital Varsovia, era el centro cultural y político de la comunidad judía polaca. Allí habitaban unos 380.000 judíos. En Polonia funcionaron los mayores campos de concentración y exterminio montados por los alemanes en Europa: Auschwitz, Treblinka, Sobibor, Belzec, Chełmno y Maidanek. La locura nazi, en su salvajismo sin límites, llevaría a que al cabo de seis años, sólo el 10% de los integrantes de la comunidad judía polaca sobreviviese a la guerra.

Como parte de su plan de exterminio, en noviembre de 1940 las autoridades alemanas crearon, como lo habían hecho 7 meses antes en Lodz, un ghetto para encerrar a todos los judíos de Varsovia. Se trataba de un espacio de 4 km. de largo por 2 y medio de ancho, completamente aislado del resto de la ciudad mediante un muro alambrado de 2 metros con 44 centímetros de alto. Todos los que habitantes de esa zona de la ciudad que no eran judíos (unas 80.000 personas) habían sido obligados a abandonarla a mediados de octubre de 1940. Vivían en esa zona unos 240.000 judíos. En noviembre, más de 100.000 que vivían en otros barrios de la capital polaca, fueron conducidos allí compulsivamente. El 15 de noviembre de 1940 las puertas que comunicaban esa zona con el resto de la ciudad fueron cerradas y custodiadas por las fuerzas de seguridad. Los 460.000 judíos que en esa fecha estaban concentrados en la zona quedaron completamente aislados del resto del mundo. El ghetto de Varsovia estaba constituido.

En los meses siguientes, fueron recluidos allí otros 120.000 judíos enviados por la fuerza desde otros puntos de Polonia. De esta forma el ghetto de Varsovia llegó a albergar a medio millón de personas a las que se privó de la libertad y se sometió a una vida miserable. Entre el cierre de sus puertas en noviembre de 1940 y abril de 1943 murieron de hambre o víctimas de las epidemias que se desataron dentro del ghetto unas 96.000 personas. En el diario de Stanislaw Rozycki, puede leerse que los habtitantes del ghetto:

“(…) en su mayoría [son] espectros, apariciones míseras y andrajosas, como lastimeros restos de seres humanos. Por las calles, los niños chillan, lloran y mueren de hambre. Cantan, gritan, imploran temblando de frío, ya que carecen de ropa y calzado, hasta de ropa interior. Muchos están hinchados de hambre, desfigurados, casi exentos de vida. Alrededor de mil sucumben mensualmente a las epidemias. Muy temprano tropieza uno por todas las calles con los cadáveres de niños, mendigos, ancianos, jóvenes, mujeres”.

Además de estas muertes impuestas por las circunstancias en que se obligó a vivir a medio millón de personas encerradas en un barrio aislado del resto de la ciudad, desde el comienzo los alemanes practicaron redadas y fusilamientos de grandes grupos de personas. Pero en julio de 1942 dieron comienzo a una campaña para liquidar totalmente a los judíos encerrados en el ghetto. Para ello planearon trasladar a 6.000 personas por día desde el ghetto hacia diversos campos de concentración donde serían exterminados. La “solución final” concebida por los nazis se puso entonces a marcha acelerada. Pocos meses después, al comenzar el año 43 ya no quedaban allí más que entre 60 y 70.000 personas. Desde que habían sido encerrados en noviembre de 1940, más de 400.000 habían muerto allí mismo por imperio de las condiciones de vida a que fueron sometidos, o trasladados como animales a los campos de exterminio donde el mismo destino les esperaba.

Fue entonces que, ante la perspectiva inexorable del traslado y la muerte en los campos de concentración, a partir de la unificación de esfuerzos entre la mayoría de las organizaciones políticas, que funcionaban en forma clandestina dentro del ghetto (especialmente sus ramas juveniles que en este tema debieron superar el escepticismo reinante entre los judíos de generaciones anteriores) se decidió resistir armas en la mano, con el único objetivo de dignificar la muerte y enviar, mediante el ejemplo de la acción emprendida, un mensaje al pueblo judío y a la humanidad. En un llamamiento a la solidaridad y la rebelión dirigido a los habitantes no judíos de Varsovia, el día 23 de abril de 1943, los dirigentes de la insurrección armada en el ghetto decían:

“Tal vez perezcamos todos en la batalla, pero no nos hemos de rendir. Estamos sedientos de venganza. Anhelamos pagarle a nuestro común enemigo por todos sus crímenes. Esta es una lucha por la libertad, la vuestra como la nuestra, por el honor y la dignidad humana, social y nacional de todos. Ansiamos vengar los crímenes de Oswiecim, Treblinka, Bélzec y Maidánek. ¡Mueran los verdugos y sus títeres! ¡Viva la lucha a muerte contra el invasor¡”

Para hacerlo posible, en julio de 1943 se había constituido la Organización de Combatientes Judíos (conocida por sus siglas en polaco: ZOB). Para organizar y conducir el levantamiento armado, Mordejái Anielewicz (del partido Haschomer Hatzaír), encabezó un Estado Mayor que quedó integrado además por Itzjac Cukierman (del partido Hejalutz), Márek Édelman (del Partido Socialista Judío, más conocido como Bund), Hersz Berlinski (del Poale Sion – Adjut Avodá), Yojanán Mórgenstern (del Polae Sion – Tzeiréi Sion) y Mijael Rósen (del Partido Comunista). Estos son los nombres de los héroes que encabezaron la organización clandestina y condujeron la insurrección contra la infernal maquinaria de guerra alemana resistiendo durante varias semanas, munidos de un precario armamento liviano, en gran parte de fabricación casera, conseguido con enormes dificultades fuera del ghetto.

Los preparativos para el alzamiento comenzaron a mediados de 1942 y las primeras acciones tanto contra las penetraciones alemanas en el ghetto como contra los judíos que colaboraban de distintas formas con los alemanes (por ejemplo integrando la policía judía supervisada por los alemanes), se realizaron en enero y febrero de 1943. Pero el momento decisivo llegaría en abril de ese año, el día 19, en vísperas de PEISAJ, la celebración que conmemora la liberación de los judíos esclavizados en Egipto para emprender, atravesando el desierto y el mar tras el liderazgo de Moisés, el retorno a la tierra de la que habían migrado sus antepasados.

Tras las acciones de resistencia de enero y febrero de 1943, las autoridades alemanas resolvieron lisa y llanamente la destrucción del ghetto, previo traslado de los últimos habitantes. Como hemos dicho, a esa altura sólo quedaban allí entre unos 60 y 70 mil del total de medio millón que llegaron a haber hasta que se pusieron en marcha los traslados masivos a mediados de 1942.

En la noche de ese 19 de abril de 1943, que hoy conmemoramos, varios destacamentos de la SS y de la policía alemana desplegaron una operación secreta. Penetraron en la zona del ghetto con el objetivo de iniciar las capturas de miles de judíos para trasladarlos a los campos de la muerte y cumplir de esa forma con la orden de liquidar el ghetto. Pero la operación había sido anticipada por el servicio de inteligencia de la ZOS y fue puntualmente recibida por una lluvia de balas, granadas y cócteles Molotov. Los invasores debieron retirarse sin un solo judío detenido, y con algunas bajas y heridos en su haber.

La alegría que este primer triunfo provocó entre los habitantes del ghetto no podía durar demasiado. Desde el día siguiente, los nazis reaccionaron con el furor de la bestia herida: bombardearon y quemaron los edificios del ghetto, de los que al final sólo unos pocos quedaron en pie como mudo e inanimado testimonio de la barbarie. Un boletín de la resistencia judía emitido el cuarto día de lucha describía la situación en los siguientes términos:

“Indudablemente, los alemanes, convencidos de su incapacidad de vencer la resistencia en una lucha abierta, se decidieron por la humareda. Son ya miles las mujeres y los niños que murieron quemados en las casas. Muchos han salido con sus ropas envueltas en llamas, como antorchas vivientes. Pero ni aun en estas condiciones se ha debilitado la determinación de los rebeldes de no rendirse jamás”.

Durante varias semanas la ZOB resistió y continuó dirigiendo el alzamiento desde las cloacas de esa zona de la ciudad. Por ello, además de bombardear, quemar y destruir prácticamente todos los edificios, los alemanes gasearon e inundaron el sistema de cloacas con el objetivo de asfixiar y ahogar a los combatientes allí refugiados. A través de esas mismas cloacas unos pocos lograron escapar a la zona extramuros de la ciudad con el vano propósito de organizar el apoyo externo.

Anilievich y sus colaboradores más cercanos fueron cercados por los alemanes en el búnker del Estado Mayor de la sublevación, en la calle Mila No 18. Tras horas de resistencia, asfixiados por los gases, los combatientes que aún sobrevivían ejecutaron la decisión que habían tomado tiempo antes: la de no entregarse vivos. Cuando los alemanes lograron ingresar al búnker sólo encontraron cadáveres. Se habían suicidado.

Aunque el descabezamiento de la ZOB no significó el fin de la resistencia, el 16 de mayo los alemanes dieron por dominada la situación. Según los informes de las autoridades militares alemanas elevadas ese día a sus superiores el número total de combatientes judíos caídos en acción eran de de 7 mil, entre 5 y 6 mil personas habían muerto como resultado de los bombardeos e incendios de edificios, algo más de 50 mil personas habían sido apresadas. No es necesario volver a referir aquí cuál era su destino.

En lo esencial el levantamiento había terminado, aunque durante las siguientes dos semanas los alemanes siguieron enfrentando la resistencia de combatientes aislados o en pequeños grupos que habían logrado sobrevivir entre las ruinas.

* * *

La rememoración de éste como la de otros muchos episodios desgraciados de la historia contemporánea nos deja el sabor amargo que provocan el sufrimiento y la muerte, la conciencia de las maldades de las que es capaz el ser humano, sobre todo cuando es el propio Estado el que se vuelve un violador sistemático de sus derechos.

Se trata de una deplorable comprobación que no reconoce distinciones ideológicas, religiosas ni nacionales. Ya que estamos en una institución progresista, recordemos que esa capacidad de hacer el mal contra otros seres humanos no ha sido patrimonio de la derecha, sino que también numerosos regímenes de izquierda supieron barrer con la libertad y someter atrozmente a sus disidentes. Y ya que estamos en una institución israelita, de igual forma, digamos que en más de una oportunidad, el Estado de Israel, al reaccionar contra las múltiples e inaceptables agresiones de las que son víctimas sus habitantes, también ha actuado brutalmente, violentando los derechos de otros pueblos. Pero, a pesar de esta comprobada capacidad humana de provocar dolor y sufrimiento en el otro, la rememoración de estos hechos también nos deja la alegría de saber que hay esperanza, toda vez que algunos hombres y mujeres han demostrado ser capaces de defender su dignidad individual y colectiva, poniendo en juego lo más valioso, que es la propia vida, al servicio de esa causa. El alzamiento del ghetto de Varsovia reúne precisamente esas características. Es manifestación de los extremos de barbarie en los humanos y sus Estados somos capaces de caer cuando todos los límites morales y legales han sido rebasados. Y es también expresión de la capacidad de entrega sin límites en la defensa de la dignidad y en la búsqueda de la libertad.

Al comienzo hablábamos de la importancia de la memoria. Sin volver a reiterar esos conceptos, repitamos únicamente que los crímenes brutales de los que estamos hablando, los crímenes de lesa humanidad, tal cual han sido perpetrados por todos los regímenes autoritarios en el mundo, no pueden ser olvidados ni admiten el perdón. No lo admiten en ningún lugar de la tierra, ni en Varsovia, ni en Buenos Aires, ni en Santiago ni en Montevideo. En ningún lugar.

Antes de finalizar, en este acto de recordación del martirologio de un puñado de judíos polacos víctimas de la barbarie nazi en Varsovia, quiero traer aquí y ahora el recuerdo de Eduardo Bleier Horovitz, detenido por agentes del Ejército uruguayo el 29 de octubre de 1975, que hasta hoy permanece desaparecido. Y en su memoria, la de todos los desaparecidos y todas las víctimas de las violaciones de los Derechos Humanos perpetradas en nuestro país por quienes desde el poder pretendieron dominar por el terror durante largos años. Para esos crímenes, como para los cometidos 30 o 40 años antes por los verdugos contra los que se levantaron los combatientes del ghetto de Varsovia no puede, no debe haber ni olvido ni perdón. Aunque el ser humano haya mostrado una y otra vez su capacidad para caer en la barbarie que arrasa con todos los derechos, aun con la dosis de escepticismo que inevitablemente nos asalta al tomar contacto con ese lado oscuro de la historia de la humanidad, sólo la memoria, la verdad y la justicia, nunca el olvido y la impunidad, podrán darnos las bases sobre las que avanzar hacia el tantas veces proclamado “nunca más”: nunca más genocidios, nunca más ghettos, nunca más terrorismo de Estado. Ni en Varsovia, ni en Montevideo.

Esto es lo que tenía para decirles esta noche. Muchas gracias.

 

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* Profesor de Historia y magíster en Ciencia Política. Docente e investigador del Instituto de Ciencia Política, Facultad de Ciencias Sociales,y del Instituto de Economía, Facultad de Ciencias Económicas y de Administración, de la Universidad de la República.

Agradecemos la participación del Prof. Jaime Yaffé, orador principal en el Acto del Ghetto de Varsovia 2007

Directiva ACIZ

 

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