Miguel Angel Ferrari
Rebelión
El próximo lunes, se cumplirá un nuevo aniversario del
levantamiento del ghetto de Varsovia. A sesenta y un años de aquellas
heroicas jornadas de lucha, en medio de la Segunda Guerra Mundial, esa
gesta antifascista se agiganta y se torna en valioso ejemplo para la
humanidad, en estos momentos en que el terror del imperio pretende
sojuzgar al planeta en su conjunto.
El 19 de abril de 1943, se rebelaron contra las SS alemanas los
habitantes del ghetto de la capital polaca. Después de la invasión de
Polonia por los alemanes, los judíos habían sido recluidos en ghettos.
La palabra ghetto -de origen italiano- viene de "borghetto"; esto es,
pequeño burgo o ciudad. Estas pequeñas ciudades, en realidad eran
grandes barrios cercados con alambradas de púas, donde millares de
personas se hallaban prisioneras de los ocupantes nazis. Prisioneros
que, a pesar de todo, trataban de realizar una vida "normal", mientras
esperaban el peor de los destinos. Esto no era, ni más ni menos, que la
primera fase de aquella "solución final" hitleriana, que -veinte años
antes- había anunciado el dictador alemán en su libro Mein Kampf.
Casi todos aquellos seres humanos que lograron sobrevivir a tres años de
vejaciones y de tormentos en el ghetto más grande de la Polonia ocupada,
decidieron levantarse ante el criminal opresor. La mayoría murió tras un
mes de lucha, como ellos habían decidido hacerlo: con dignidad y con
honor. Fue un acto de desafío de todo un pueblo, cuya secular capacidad
de supervivencia había sido sometida a terribles pruebas.
En el otoño de 1940, el barrio judío de Varsovia, al oeste del Vístula,
de una extensión de seis kilómetros y medio, fue cercado por un alto
muro protegido con alambradas de púas. Más de 400 mil judíos, muchos de
los cuales no tenían ni casa ni lazos familiares en la capital polaca,
fueron encerrados en él, aislados del mundo exterior, en espera de un
destino que pocos de ellos en ese momento conocían.
La vida en el ghetto transcurría dolorosa y contradictoriamente. El
hambre y la violencia que desataban los guardianes nazis, torturaba los
cuerpos y las mentes de los habitantes. No obstante, incluso en medio de
este cuadro de muerte, de enfermedad y de terror, las escuelas
clandestinas prosperaban, las zonas bombardeadas eran cultivadas, cuatro
teatros permanecían abiertos, los músicos daban conciertos y los poetas
infundían en sus versos tanta desesperación como imágenes de esperanza;
pintores y escultores creaban y exponían obras nuevas; se publicaban
periódicos clandestinos, entre ellos el "Négued Hazérem" que en iddish
significa "Contra la corriente".
Después de un año de segregación, se comenzó a conocer la verdad
respecto a los campos de concentración y a la destrucción de otras
comunidades confinadas en otros tantos ghettos. Empezó a brotar en el
seno de un exiguo grupo de activistas la convicción de que los alemanes
no les ofrecían, en realidad, otra alternativa que la del exterminio.
Algunos grupos juveniles estaban convencidos de que sus ideales debían
conducir, lógicamente, a la acción.
Con el correr de los días el movimiento de resistencia comenzó a tomar
cuerpo. Lo integraban el movimiento sionista de izquierda Hashomer
Hatzair, los comunistas y los partidarios de Bund, el partido socialista
hebreo más importante. Durante el transcurso del mes de julio de 1942,
cuando las cámaras de gas de Treblinka, a pocos kilómetros al nordeste
de la capital, iniciaron el exterminio en masa de los judíos de
Varsovia, el movimiento de resistencia se aseguró la plena adhesión de
los movimientos políticos y religiosos presentes en el ghetto. Sólo un
pequeño grupo quedó aparte, prefiriendo combatir separado del resto de
movimiento unificado, se trataba del Irgún Zvei Leumi, también conocido
como la organización miltar nacional.
Antes de finalizar julio del '42, la organización combatiente judía fue
puesta al mando de Mordejai Anielewicz, un joven de veintitrés años,
miembro de Hashomer Hatzair. Hijo de una familia obrera, con educación
superior adquirida en la Escuela Judía de Varsovia. Anielewicz estaba
secundado por varios subcomandantes, integrantes de las mencionadas
organizaciones judías.
Entre julio y octubre de 1942, más de 300 mil judíos fueron deportados
de la capital polaca. Cuatro quintas partes hacia al campo de exterminio
de Treblinka y el resto a los campos de trabajos forzados. El ghetto se
ha transformado en un infierno. Los hombres son tratados como bestias.
Cada uno se encuentra a un solo paso de la deportación; se caza a las
personas en las calles, como si se tratase de animales en la selva.
Las deportaciones a Treblinka se suspendieron entre el 3 de octubre de
1942 y enero de 1943. Pero ahora los combatientes clandestinos sabían ya
que el encuentro decisivo era tan sólo cuestión de tiempo. Habían
adquirido armas con la ayuda de agentes que entraban y salían,
furtivamente, en el ghetto, a lo largo del alcantarillado. Así se
constituyeron y adiestraron veintidós grupos de guerrilleros.
El primer encuentro armado se produjo el 18 de enero, nueve días después
de haber visitado Himmler el ghetto y de ordenar la reanudación de las
deportaciones. Después de cuatro días de lucha, las SS, que se habían
dispuesto a cercar a los últimos 60.000 ó 70.000 judíos que aún
permanecían en el ghetto, se retiraron. Las fuerzas de Anielewicz habían
superado el bautismo de fuego y todo estaba ahora dispuesto para la
insurrección.
El 16 de febrero, tras una acción de resistencia a las deportaciones por
parte de los judíos, Himmler decidió que el ghetto fuera destruido. Con
la conducción del teniente general Jürgen Stropp, en la madrugada del 19
de abril, víspera de la Pascua judía, el ghetto fue cercado. La
organización judía de combate declaró entonces el estado de alarma. Poco
después, las SS hicieron su aparición.
Con gran estupor por parte de los alemanes, su primera tentativa de
penetración fue rechazada por un nutrido fuego, con armas de pequeño
calibre, granadas y bombas caseras. Un carro de combate fue incendiado
por un grupo de veinte personas -hombres, mujeres y niños- y los
alemanes tuvieron que retirarse. En el bando judío reinaba un ambiente
de gran alegría. Al fin, en las calles de Varsovia, junto a la sangre
judía, corría también la sangre alemana. Y, sin embargo, pocos, entre
los combatientes, se hacían ilusiones. Sabían, desde luego, que no
podrían vencer; pero estaban decididos a vender caras sus vidas.
Pasadas las primeras dos semanas, Stropp se dio cuenta de que cada vez
era más difícil aniquilar a los judíos. La resistencia opuesta por los
judíos y por un puñado de guerrilleros polacos, que los apoyaban desde
el exterior del muro era tan eficaz, que Stropp debía mantener en acción
a sus patrullas de asalto las veinticuatro horas del día. Pero Himmler
empezó a revelar cierta impaciencia y Stropp se vio de pronto obligado a
adoptar una política de destrucción total.
Uno tras otro, los edificios que albergaban a los combatientes fueron
sistemáticamente evacuados y a continuación incendiados. También en las
cloacas, donde se escondían muchos judíos, la vida se hizo cada vez más
dura, sobre todo después de las tentativas de los alemanes de ahogarlos
allí mismo. Gradualmente, los bunkers fueron barridos y destruidos por
los ingenieros de la Wehrmacht, que empleaban bombas lacrimógenas y
explosivos.
Tras la dura batalla que tuvo lugar el 8 de mayo, Mordejai Anielewicz y
el comando supremo de la resistencia se hallaban en el búnker de la
calle Mila 18. Durante dos horas los alemanes, que habían rodeado las
cinco entradas, combatieron con armas y gases para minar la resistencia.
Mordejai luchó hasta que sus fuerzas cedieron, asfixiado por los gases.
A fin de no caer vivos, la consigna fue el suicidio. Cuando finalmente
ingresaron los alemanes, sólo hallaron 80 combatientes, encabezados por
Mordejai Anielewicz... ¡muertos!
Dos semanas antes de su heroico fin, Mordejai había escrito a su
lugarteniente, Antek Tzukerman quien se hallaba en el lado "ario" de
Varsovia: "El sueño de mi vida se ha cumplido, la autodefensa judía en
el ghetto es un hecho, la resistencia judía armada es una realidad. Soy
testigo del heroísmo de los sublevados judíos. ¡Esa fue -esa es- la
victoria!"
Transcurrieron sesenta y un años de aquella epopeya protagonizada por
esos valientes judíos. Fueron vencidos a causa de la superioridad
militar nazi, pero sus ansias de libertad no pudieron ser derrotadas,
sino que resurgen en la lucha de cada ser humano en aras de su dignidad.
Hoy asistimos a la lucha de otros dos pueblos sometidos. Uno por el
totalitarismo del imperio, con capital en Washington. El otro, por
terrorismo de Estado ejercido por el gobierno de Ariel Sharon en Israel.
Esos pueblos son, respectivamente, el iraquí y el palestino.
Trágica mueca de la historia. Las tropas norteamericanas que
desembarcaron en Normandía, para combatir al ejército hitleriano; hoy se
encuentran en territorio de Irak con la misma ferocidad de los invasores
nazis, que por entonces ocupaban Francia. Esas tropas masacran a civiles
de Falluja al mejor estilo de Himmler; tienen campos de concentración
como el de Guantánamo, con seres humanos reducidos a condiciones
subhumanas, desprovistos de todo tipo de derechos y garantías.
Penoso destino el de algunos de los descendientes de los héroes del
ghetto de Varsovia, aplicar hoy al pueblo palestino similares castigos a
los que aplicaba el opresor nazi a su pueblo. Gobernantes indignos de la
memoria de aquellos combatientes. Gobernantes que erigen muros en
tierras palestinas ocupadas, que perfeccionan los muros y las alambradas
de los ghettos. Gobernantes que demuelen casas de palestinos, como los
nazis hicieron en Lídice con los luchadores checos. Gobernantes a
quienes el imperio esta semana les "regaló" más tierras palestinas
(¡valga la generosidad del César!). Gobernantes que asesinan
selectivamente, aplicando la milenaria ley del Talión desde el Estado,
como lo acaban de hacer hace unas horas con Abdel Aziz Rantisi, el líder
de Hamas que reemplazara al recientemente asesinado jeque Ahmed Yassin.
Gobernantes del Estado de Israel que vanamente se empeñan en mancillar
la memoria de los héroes judíos del ghetto de Varsovia.
Propósito que no podrán lograr, porque como dice el himno de los
partisanos del ghetto:
Nunca digas que esta senda es la final,
porque el cielo gris cubrió la luz del sol.
El momento tan ansiado llegará
y el sonar de nuestra marcha escucharán.
El clamor por tanta angustia y el dolor
desde el trópico hasta el polo sonará,
y al regar con sangre nuestra heredad,
la esperanza fuerte y pura crecerá.
No es un canto alegre, es canto de fusil,
no es tampoco pájaro de libertad,
es canción de un pueblo obligado a sufrir,
que con sangre y plomo el verso escribirá.
A estas estrofas cargadas de dolor y valentía, nosotros -con humildad-
las complementamos diciendo que cuando los pueblos se disponen a luchar,
se los podrá vencer transitoriamente, pero jamás derrotar, porque su
ejemplo se encarnará en otros pueblos que luchan por las mismas causas,
como el pueblo palestino y el pueblo iraquí, que cuentan con la
solidaridad de la mayoría de los habitantes del planeta y son mirados
desde la Historia por los combatientes del ghetto de Varsovia como
hermanos de una misma causa: ¡la de la dignidad de todos los seres
humanos!