No creo que lo pueda
hacer.
Mientras tanto algunas
reflexiones para compartir.
Viernes 18 de
marzo de 2005, 8 de la mañana.
Teléfono.
Después de la
comunicación, me sentí invadida por imágenes, recuerdos, sensaciones.
Daniel había
movido eso que siempre está allí, ese registro que guarda la memoria y
que para proteger de sufrimiento muchas veces lo deja como en letargo.
Sólo hace
falta un disparador.
Lo fue el
teléfono, la noticia de que Raúl – Cacho - Diego tendría su presencia
materializada ya no sólo en el recuerdo sino en un espacio, en una
calle, en el tránsito.
Menuda
metáfora.
¿De dónde a
dónde?
Mientras
digería el impacto y peleaba por ordenar todo lo que afloraba, entró
un e-mail de Esteban.
No sólo
confirmaba lo que Daniel me había dicho sino que le ponía contexto -
lugar, forma, situación – y me imponía nuevas imágenes.
Ya fue
irrefrenable.
El año 74 ... las tres A.
La calle
Junín... la puerta del MAASLA, los sobres con la correspondencia
denunciando las atrocidades del paisito, las estampillas que faltaba
pegar, y mi salida sólo unos minutos antes de la entrada de los
asesinos.
La fecha ...
el 24 de diciembre, la tarde que anticipaba la noche buena. ¿Buena?
¿Buena para quien?
La
decisión... – a pesar de todas las opiniones en contra – de que esa
noche, quienes tratábamos de sobrellevar la vida porteña, recién
llegados, desconcertados, también nos merecíamos una buena noche.
La ridícula
llegada a lo de Alberto ... -¿era en la calle Ciudad de La Paz? – con
el paquete de empanadas, el improvisado menú con el que
transgrederíamos las normas de seguridad que nos habíamos auto
impuesto.
La cara de
Alberto... seguramente las preguntas sin respuesta. ¿Qué pasó? ¿Cómo
se lo digo?
La noche
interminable ... el caserón de la calle Callao, las comunicaciones
telefónicas herméticas y no tanto, la llegada de los amigos de
Montevideo, los que si podrían ir a abrazar a los viejos Feldman, al
joven Daniel.
Y más, mucho más.
Sólo pude
levantar la mirada y en mi biblioteca ese resto de Cacho – no puedo
llamarlo ni Raúl ni Diego – que preservé como tesoro: el libro de
historia del cine y las ediciones facsímiles de los archivos del
Cabildo de Montevideo.
Y entonces
mirar para más atrás, porque los recuerdos se ven aunque queden lejos.
Los
campamentos del Zhitlovsky, las manifestaciones con el cartel de la
JJP.
El happening –
el primero en mi vida, los gloriosos años sesenta – que organizó con
Julio en la casa de Carrasco.
La militancia
estudiantil, secundaria, la CESU, Humanidades, la FEUU, el seccional
Sur, la UJC.
Buenos Aires,
la semi clandestinidad, la invención de aquel Diego.
Otra vez
Buenos Aires.
Y el tiempo y
la propia vida haciendo su trabajo.
Y los
recuerdos y las promesas.
Que no nos
íbamos a olvidar.
Que íbamos a
cobrarnos de alguna manera esta estafa de la vida.
Que
seguiríamos adelante.
Que
perpetuaríamos su nombre.
Y la
materialización de los recuerdos y de las promesas.
La presencia
de mi hijo Diego portando todo lo que me dejó aquel Diego y portando
también la esperanza de lo nuevo, la prepotencia de la juventud – la
nuestra de entonces, la suya de hoy – la mirada hacia adelante.
Raúl – Cacho -
Diego, estás.
En el
desenfado de mi hijo, en el aire de la calle, en nosotros, en mañana.
Yo también
estoy, recordando.
Ana Diamantt
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Por resolución de las Autoridades Municipales de
Montevideo, se asignó su nombre
a una calle de la zona aledaña.
EL SIGUIENTE ES EL MENSAJE QUE
FUE LEIDO EN EL ACTO: